← Volver a Reflexiones docentes

← Lee antes la Parte 1: «La universidad, ¿la nueva FP?»

Figuras de plastilina: una persona carga una gran caja con un robot, un engranaje y un tubo de ensayo ante un muro con una ranura estrecha por la que solo cabe una hoja de examen; detrás esperan dos alumnos y, encima, un reloj.
Mientras la puerta mida lo que una IA ya hace sola, el Bachillerato preparará para eso y la universidad recibirá eso.

En la primera parte defendía que la universidad debe dejar de transmitir conocimientos y convertirse, de verdad, en la nueva formación profesional. Pero hay una pregunta previa que no podemos esquivar: ¿cómo elegimos a quienes entran? Porque una institución se parece mucho a su puerta de entrada. Y la nuestra se llama PAU.

Ha cambiado la pregunta, no el examen

Sería injusto decir que la PAU no se ha movido. Desde 2025, la normativa estatal (Real Decreto 534/2024) exige que los ejercicios se diseñen a partir de las competencias específicas del currículo LOMLOE, no solo de los contenidos. Para 2026, la CRUE recomienda que las preguntas competenciales supongan al menos la mitad del examen en materias como Historia de España, Geografía o Matemáticas Aplicadas, y hasta un 70 % en Lengua (nuevecuatrouno).

Es un paso, y lo celebro. Pero la propia CRUE reconoce que el cambio es «muy gradual» y que un examen plenamente competencial obligaría a replantear su duración y su número de preguntas. Ahí está el problema: hemos cambiado la redacción de las preguntas, pero no la naturaleza de la prueba. Sigue siendo lo mismo de siempre: un alumno, un papel, un bolígrafo y noventa minutos.

Lo que de verdad mide

Figuras de plastilina: a la izquierda, un alumno solo en un pupitre bajo un foco, junto a un reloj de arena; a la derecha, separados por un tabique, un equipo trabaja con un ordenador, un robot y unos engranajes.

Un examen escrito de hora y media, individual y sin ninguna herramienta, mide sobre todo tres cosas: cuánto recuerdas, qué rápido escribes y cómo gestionas los nervios. Todo lo demás queda fuera.

Queda fuera trabajar en equipo, que es como se trabaja en cualquier hospital, estudio o empresa. Queda fuera construir algo: un prototipo, un informe, un experimento que no sale a la primera. Queda fuera buscar, contrastar y decidir qué fuente creer. Y queda fuera, por supuesto, saber usar la inteligencia artificial con criterio, que es probablemente la competencia profesional más importante de esta década.

La paradoja es dolorosa. Lo que la PAU mide, recordar y redactar bajo presión, es exactamente lo que una IA hace mejor que cualquier estudiante. Y lo que la IA no puede hacer por ellos, poner las manos en un problema real y responsabilizarse del resultado, es justo lo que la PAU no mira.

El examen que dirige el Bachillerato

El problema no se queda en junio. Quienes trabajamos en un centro de secundaria lo sabemos bien: la PAU no es solo el final del Bachillerato, es su brújula. Todo lo que no entra en el examen corre el riesgo de parecer una pérdida de tiempo.

Así, mientras en la ESO llevamos años apostando por proyectos, situaciones de aprendizaje, robótica o trabajo cooperativo, al llegar a segundo de Bachillerato muchas de esas metodologías se aparcan. No porque el profesorado no crea en ellas, sino porque las familias, el alumnado y el propio sistema miran a una sola cifra: la nota de acceso.

El resultado es una incoherencia que se ve desde cualquier jefatura de estudios. Formamos durante años en competencias y, justo antes de la puerta de la universidad, volvemos a entrenar para un examen de papel. Y luego nos sorprende que la universidad siga funcionando igual: selecciona a quien mejor se adapta a su forma de evaluar.

Una puerta coherente

No propongo eliminar la PAU de un día para otro. Propongo que la puerta se parezca a lo que hay detrás. Si la universidad debe formar profesionales, su acceso debería valorar lo que un profesional sabe hacer. Algunas ideas:

  1. Un proyecto con peso real. Un trabajo de investigación o un proyecto desarrollado durante el Bachillerato, defendido ante un tribunal, que cuente en la nota de acceso. En Cataluña, el Treball de Recerca ya es obligatorio en Bachillerato; falta darle el valor que merece.
  2. Pruebas prácticas por ámbito. Algunas titulaciones ya tienen pruebas específicas de aptitud. ¿Por qué no una prueba de laboratorio para Ciencias, un caso real para Ciencias de la Salud o una situación de aula para Magisterio?
  3. Herramientas sobre la mesa. Una parte del examen con acceso a fuentes e incluso a IA, donde lo que se evalúe sea el criterio: qué preguntas haces, qué descartas y cómo justificas tu respuesta.
  4. Más confianza en la trayectoria. La nota media del Bachillerato ya pesa un 60 % en la nota de acceso; la PAU, el 40 % restante. Si los centros evaluamos de verdad por competencias, esa trayectoria dice más del alumno que una mañana de junio.

El contraste con la FP es revelador. A un ciclo de grado superior se accede directamente con el título de Bachillerato, sin ningún examen; cuando hay más solicitudes que plazas, se ordenan por la nota del expediente. Y nadie diría que la FP selecciona peor: sus titulados son, precisamente, los que hoy busca el mercado laboral.

Cambiar la puerta para cambiar la casa

No se puede pedir a la universidad que se convierta en la nueva FP y, al mismo tiempo, seguir eligiendo a su alumnado con un examen que premia justo lo contrario. Mientras la puerta mida lo que una IA ya hace sola, el Bachillerato preparará para eso y la universidad recibirá eso.

Cambiar la PAU no es un detalle técnico. Es la palanca que puede mover todo el sistema: desde segundo de Bachillerato hasta el último curso de cualquier grado. Si de verdad queremos profesionales capaces de pensar, crear y trabajar con otros, empecemos por dejarles demostrarlo en la puerta.

Este texto lo he escrito yo, Ernesto Boixader, con la ayuda de Claude, un asistente de inteligencia artificial.

Fuentes